También sentí miedo y dejé de salir a protestar.
También sentí miedo y dejé de escribir.
También sentí miedo de enfermarme y no encontrar los medicamentos.
También sentí miedo al ver a uno y otro y otro gritar desesperadamente en las farmacias.También sentí miedo al ver los precios de todo en los supermercados.
También sentí miedo en el supermercado al necesitar un producto y no poder comprarlo porque según la terminación de mi cédula de identidad ese día no me tocaba.
También sentí miedo cuando un empleado del supermercado me indicaba cuánto de ese producto podía comprar.
También sentí miedo cuando me tocaba comprar lo que necesitaba y lo regresaba por su costo.
También sentí miedo al ver a todos cada vez más delgados.
También sentí miedo cuando mi vecina saboreó cada grano de azúcar en la limonada y me dijo con su sonrisa y sus ojos tristes que tenía tiempo sin tenerlo en su boca.
También sentí miedo en la cola para comprar una canilla.
También sentí miedo al ver cerrar cada vez más temprano las tiendas de los bulevares, calles y avenidas principales.
También sentí miedo ante los periódicos cada vez con menos páginas.
También sentí miedo de la depresión de mi gente y de la mía.
También sentí miedo al saber de conocidos (desde niña) enchufados al gobierno, viviendo como si nada les afectara, tan indiferentes al dolor de la mayoría.
También sentí miedo y hace ocho años salí de mi país.
También desde aquí escribo y siento miedo al solo imaginar regresar y mostrar mi pasaporte.
Es horrible, muy horrible este miedo y la esperanza de pronto, muy pronto dejar de sentirlo es lo que hoy me hace llorar de alegría.